Así era La Cosa…

Juan de la Cosa

Un hombre para la Historia

La televisión acabó de lanzar al estrellato a un cómico gaditano hará eso de veinte años. Su nombre, Ángel Garó, tenía entre sus “talentos” la facilidad de representar bajo el prisma del humor a personajes de toda índole. Destacó uno de ellos, ciertamente amanerado, con el nombre de Juan de la Cosa quedando, me temo desde entonces, en el imaginario colectivo del país una poco afortunada referencia al personaje que hoy me ocupa.

Sin querer desmerecer al artista mencionado, soy partidario de cada uno de nosotros acabe poniendo en el lugar preferente de nuestra memoria al insigne cartógrafo santoñés Juan de la Cosa. Un tipo que hoy estaría considerado entre lo más granado de la profesión científica por la maestría y rigor que demostró al dibujar la mejor cartografía de la época.

Y no sólo tenía ojo para los mapas. Lo tuvo también para fijar su residencia en la gaditana localidad de El Puerto de Santa María desde donde catapultar su figura hacia esa nueva América junto a Cristóbal Colón. Tal como recoge este mosaico situado en la plaza que lleva su nombre, homenajeando su labor cartográfica.

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Su final ensartado como un pinchito por las flechas de los indígenas en el Nuevo Continente no desmerece una trayectoria inconmensurable, tal y como se apunta en El Tomoscopio de Mimbre.

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El sueño de María…

María ZambranoMi retina aún conserva esas imágenes, casi furtivas, tomadas por la televisión española de 1984 en las que María Zambrano era ayudada a bajar del autobús lanzadera del aeropuerto, el día de su regreso a España desde Ginebra.

Recuerdo a mis padres algo emocionados delante del televisor fruto de la admiración hacia un símbolo de la intelectualidad que volvía del exilio.

Felizmente, cuatro años más tarde se produjo una mínima reparación hacia su figura al convertirse en la primera mujer que recibió el Premio Cervantes. Gloria que su delicada salud le permitió disfrutar sólo hasta 1991.

Hoy en día, su legado está depositado en el Palacio de Beniel de Vélez-Málaga, sede de la Fundación María Zambrano, donde puede uno intentar pasar un tiempo entre sus sueños. Y ojeando también la edición honorífica de El Tomoscopio de Mimbre allí depositada.

Otro día, más, sobre esta gran mujer.

El juego de GO

Tablero GO

Un tablero de GO con ishis blancas y negras

Puede que a estas alturas todavía haya gente que desconozca la existencia de este juego de estrategia en tablero. Entre los jóvenes, me imagino, que el consumo de cómics y series manga japonesas les permite ponerle imagen a lo que digo.

Si el ajedrez puede parecerle a alguno reservado para sesudos, está a tiempo de subir un peldaño más.  El GO genera un mayor número de jugadas futuras a tener en cuenta. De hecho, en Japón, su estudio tiene carácter universitario, con lo que poca broma con esto. ¿Algún valiente? Ahí tiene un buen pasaporte para aficionarse.

Y aunque la historia de este juego atesora un anecdotario de partidas que han llegado a durar hasta semanas, me llamó bastante más la atención el sentimiento que Jorge Luis Borges expresaba en estos versos:

Es más antiguo que la más antigua escritura
y el tablero es un mapa del universo.
Sus variaciones negras y blancas
agotarán el tiempo;
en él pueden perderse los hombres
como en el amor o en el día.

El Tomoscopio de Mimbre hace coincidir en Buenos Aires a estos dos fenómenos.

Tánger también tuvo frontón de cesta-punta…

Pelotari de Eibar

Mi abuelo Joaquín

Aunque pueda parecer exótico, así fue. Entre los años 30 y 40 del siglo pasado el deporte de la cesta-punta echó raíces en la ciudad internacional de Tánger, cuando todavía no existía administrativamente el reino de Marruecos como tal.

Una villa que vivió de la modernidad aportada por la variedad de nacionalidades, etnias y religiones que convivían, fruto del estatus de internacionalidad del que gozaba por aquel entonces.

Y mi abuelo Joaquín tuvo el privilegio de formar parte del plantel de pelotaris, la mayor parte de aquellos años (algo tuvo que ver la guerra civil, para qué engañarnos). Una ciudad que acabaría acogiendo durante casi cuarenta años a este eibarrés, aventurero de la cesta-punta profesional. En El Tomoscopio de Mimbre más.

Sucedió una noche…

Inspiración Aleixandre

El libro de Vicente Aleixandre

… aunque no como en la película de igual nombre. Sin Clark Gable ni Claudette Colbert, claro está.

No puedo explicar cómo ni porqué, pero de repente, aquella noche, en ese duermevela en el que vi sumido tras quedarme dormido en el sofá del salón de casa de mis padres, se produjo una extraña circunstancia dentro de mi cabeza que comenzó a alinear recuerdos, anécdotas vividas y contadas, lecturas y películas, para acabar proyectando en intermitentes secuencias fragmentos de una historia que me resultaba, a todas sombras, desconocida.

Pero la puntilla al momento la dio el primer libro con el que me topé por casa tras el desayuno del día siguiente. Al abrirlo ahí se encontraban estos versos del Nobel sevillano Vicente Aleixandre:

Un bello guante de mimbre, suave malgré tout, encuentra su empleo precisamente en este día.

Y fue en ese instante en el que decidí que eso que pasaba por mi cabeza era un relato curioso de ser contado. Pero no sería hasta semanas después en los que no había manera de apartar de mi mente esos fragmentos, que tuve la poca vergüenza de acometer la aventura de expresarla en palabras. Ahora se titula El Tomoscopio de Mimbre.

Cuando el “juego” busca revancha

Apuestas cesta-punta

¡La lección es clara! ¿La elección también?

Hoy, con motivo de la festividad de San Francisco Javier, patrón de los pelotaris, El Tomoscopio de Mimbre quiere referirse una vez más al tema de las apuestas en la cesta-punta. En esta ocasión con motivo del cierre en Septiembre del casino Revel en Atlantic City (EEUU), localidad conocida por su vinculación desde finales de los 70 al juego al igual que Las Vegas.

Ante la clausura de esta mole arquitectónica que costó 2000 millones de dólares, Richard McGowan, profesor de economía de la Universidad de Boston y experto en la industria del juego, afirma en un artículo de El País: “La gran lección que nos ofrece Atlantic City es que no se puede depender sólo del juego si quieres atraer turistas. En Las Vegas, por ejemplo, sólo el 50% de sus ingresos procede del juego. El resto lo aportan los espectáculos, las tiendas y los restaurantes”.

Diagnóstico certero que explica porque la cesta-punta de los tiempos gloriosos se vino abajo al ser incapaz, en casi todas partes, de conformar una diversificación de ingresos que complementara el de las apuestas. De ahí que, hoy en día, cualquier intento de devolver ese lustre perdido al deporte de la cesta-punta pase por no colocar como pilar central del edificio uno en cuya composición participen enteramente las apuestas. Y por la que se ve venir, vaya tomando nota la economía mundial con la pésima costumbre que ha cogido de utilizar la batitrader para fabricar dinero a partir del dinero.

Llivia: un trozo de España en Francia

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La gran mayoría de los españoles tiene en mente Ceuta y Melilla cuando se habla de territorios nacionales ubicados físicamente dentro de otro país. Pero pocos conocen, salvo la mayor de catalanes, que hay una villa más en esa situación. Es Llivia, está en Francia, pero pertenece administrativamente a la provincia de Gerona/Girona. ¿Y esto cómo puede ser?

La casi totalidad del actual departamento francés de los Pirineos Orientales debe su formación al llamado Tratado de los Pirineos de 1659 por el que España entregó a Francia 33 pueblos de las comarcas catalanas del Vallespir, el Capcir, el Conflent, el Rosellón y la Alta Cerdaña. Este tratado puso fin a la trifulca entre estos países que tuvo su origen en plena Guerra de los Treinta Años, cuando los franceses apoyaron la sublevación de los catalanes en 1640 al tiempo que los españoles hacían lo propio con la Revuelta de la Fronda. Sucesión de encontronazos que acabaron con la derrota española en la Batalla de la Dunas en 1958. Llivia quedó fuera de este tratado por tratarse de una “villa”, privilegio otorgado por el Emperador Carlos V, que Francia respetó escrupulosamente siendo este hecho el que permitió que ésta continuara bajo dominio del Rey de España.

El Tomoscopio de Mimbre situó en este enclave, más concretamente en el restaurante La Formatgeria de Llivia, la emotiva escena final de la novela. Si no se la quieren perder, el libro les está esperando.

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