Ramón Gaya, cuando un poema surge del pincel

Un artista singular

Un artista de la eterna búsqueda

El Tomoscopio de Mimbre rinde homenaje a un grande: Ramón Gaya. Sobre todo por la manera en que supo entender e incorporar a su acervo artístico la pintura oriental. A su vez, la novela no perdió la oportunidad de destacar su amistad con otra grande, en este caso del pensamiento: María Zambrano.

Ramón Gaya ha recibido calificativos entre otros como el de “pintor poético”, probablemente porque tenía el talento para pintar el alma, cosa sólo al alcance de esos elegidos para artistas de la intimidad. Este blog es magnífico para conocer su arte.

Imbuido por una corriente que R.H. Blyth plasmó en una frase antológica: “El haiku es un dedo señalando a la luna. Si el dedo está enjoyado, no vemos a dónde señala“, esta influencia no surgió en Ramón Gaya de la nada. Fue a partir de su estancia en ese exilio mexicano, que entró en contacto con poetas como Octavio Paz, Juan José Tablada y Xavier Villaurrutia, lo que permite comprender ese periodo pictórico del autor con esos rasgos zen, plasmados a través de imágenes de colores y luces pálidas producto de los guaches o pasteles empleados.

Contemplen el original de Hiroshige y la versión que realizó de este cuadro Ramón Gaya rebautizado por él como “La Tormenta”:

Original La_tormenta_Gaya

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Plaza Covent Garden: la música de los callejetas

Plaza Covent Garden

Una plaza muy divertida de Londres

El Tomoscopio de Mimbre quiso homenajear a todos aquellos músicos callejeros de cualquier ciudad del mundo que bien sea por su calidad o por su desparpajo consiguen alegrar el día a los transeúntes que por ellas desfilan.

Hay un capítulo de la novela en el que el protagonista tiene un encuentro con los Sherrybites en la plaza Covent Garden de Londres. Éstos resultan ser unos gitanos oriundos de Borboreo que protagonizan una escena de lo más divertida.

Por cierto, si desconocen el significado de Borboreo lo podrán encontrar en el libro. No se pierdan ese capítulo.

Yakolev 42: ¡qué vergüenza!

¡Un suceso que no debió ocurrir jamás!

¡Un suceso que no debió ocurrir jamás!

Un 26 de Mayo de 2003 los medios de comunicación españoles dieron cuenta de la triste noticia de un accidente aéreo en el que perdieron la vida sesenta y dos militares junto con la tripulación del ahora famoso YAK-42.

Pero fue poco el tiempo que transcurrió hasta que algunos familiares de estos soldados denunciaron las condiciones en que se venían operando los vuelos que transportaban tropas a destinos asiáticos como Afganistán.

Lo que no llegaron a imaginar estas personas fueron las ganas que tenía el entonces ministro de Defensa, Federico Trillo, de dar carpetazo a este asunto para evitar que la “onda expansiva” dejara al aire las vergüenzas de una pésima gestión así como de la desconsideración con la que se trataba a estas tropas. Tan así que se dio orden de agrupar los restos desparramados por aquella ladera a la mayor celeridad.

Y entonces llegó la ignominia. Cuando algunos familiares, oliéndose la tostada, pidieron pruebas de ADN antes de recepcionar los restos para su posterior entierro, se descubrió el pastel: el reparto de restos en las cajas se había realizado de forma aleatoria. En un primer momento el ministerio lo negó tajantamente, presionando para que las pruebas de ADN no se llevaran a cabo. Y cuando la evidencia les empezó a comer los pies, tuvieron la desfachatez de culpar a los forenses turcos de la “lamentable confusión”.

Este hecho, vergonzoso donde los haya para un gobierno democrático, fue recogido en un momento de la novela El Tomoscopio de Mimbre que transcurre en Estambul. ¿Quieren saber por qué? En las páginas de la novela está.

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Hemingway y la cesta-punta

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El escritor de “Fiesta”

A nadie se le escapa la importancia que tuvo Ernest Hemingway de cara a posicionar en el mapa a la ciudad de Pamplona al contar sus experiencias por escrito acerca de los San fermines. No hay que más que comprobar la de visitantes norteamericanos que cada año se planta en la capital navarra para dar rienda suelta a su espíritu aventurero ante los toros (o ante el vino).

Más desconocida para el gran público fue su afición al deporte de la cesta-punta  del que declaró ser su deporte predilecto. Las canchas cubanas de Jai Alai fueron testigo durante años cómo disfrutaba con el juego de las estrellas puntistas del momento. Y del dinero que se dejaba tanto en apuestas como en los daiquirís que posteriormente se tomaba con los jugadores en el afamado Floridita de La Habana.

Lástima que sus incipientes problemas de Alzheimer, al margen de otros males incluidos el alcoholismo le empujaran a buscar una solución de plomo en bala a su vida. El Tomoscopio de Mimbre se congratula de que al menos en esta foto se le pueda ver en plenitud con una cesta enguantada.

Hemingway y la cesta-punta

Naftalina

Naftalina

¡No sólo pone a raya a los bichos!

¿Quién de los que nos acercamos ya a la cincuentena no recuerda la odora bofetada que se producía al abrir ciertos armarios de casa? Las culpables no eran otras que unas bolitas que las mamás tenían costumbre de almacenar en los rincones de esos armarios, baúles o demás. Todo para preservar de las hambrientas polillas la ropa que requería menos trasiego.

En una ocasión alguien me contó sobre los efectos devastadores que unas cuantas bolitas de naftol (dicloro de benzeno), que es como lo denominan los químicos, podían producir en determinados seres vivos que no eran los habituales que rondaban por casa. Si alguien está interesado en descubrir el porqué de la presencia de la naftalina en El Tomoscopio de Mimbre no tiene más que acudir a la lectura de sus páginas. ¡No desprende olor, lo aseguro!

Alfredo Bryce Echenique: un peruano del mundo

Alfredo Bryce Echenique

Su vida contada es su mejor novela

Debo reconocer que no es un literato con el que yo me haya volcado a fondo en su obra. Pero son de esos personajes cuya biografía y leyendas eclipsan cualquier relato que pueda surgir de su estilográfica.

Este peruano de familia acomodada que desde pronto sintió que su mundo necesitaba una buena dosis de viajes, para conocer lugares y gentes, recaló en no pocos países de Europa. Donde más se le recuerda es en París en su época de profesor de La Sorbona en la que protagonizó episodios delirantes como consecuencia de su prolongada crisis de insomnio que lo llevó a tener que pasar algún tiempo en el hospital.

Aunque sus correrías en España no fueron menores en intensidad. Existe prácticamente un anecdotario, las más de las veces real y el resto adobado por la imaginación de su entorno, que dan a este hombre una dimensión digna de ser recogida en El Tomoscopio de Mimbre.

¡Salud caballero, aunque no haga usted mucho por ella!

Cuervo y Sobrinos: el tiempo con alma latina

Cuervo y Sobrinos Historiador Cronógrafo

CS Historiador Cronógrafo: un reloj de leyenda

De todos es conocido el liderazgo de Suiza en materia de industria relojera desde que este invento pasara a marcar los tiempos del ser humano.

Lo que puede que no muchos sepan es que una casa fundada en La Habana en 1882 desarrolló un talento sin igual para este arte que consiguió, en aquella época, que firmas de alta relojeria como Rolex, y Patek Philippe compartieran sus nombres con Cuervo y Sobrinos en las carátulas de los establecimientos de alto copete.

Y así fue como esta casa, puesta en pie por una familia de origen asturiano, se hizo con un nombre entre las más grandes al reproducir, como pocos, la tecnología punta del momento traída del país helvético.

Tras diversos avatares con la propiedad de la marca así como acontecimientos políticos sucedidos en la isla caribeña, en la actualidad se continúan fabricando en Suiza y su prestigio le ha permitido recientemente nombrar a Antonio Banderas “CS Latino International 2013”.

El Tomoscopio de Mimbre no dejó pasar la oportunidad de hacer mención a esta casa, siendo el reloj de la imagen el que lucía el padre del protagonista y que posteriormente formaría parte del exiguo legado a su hijo.

Disfruten con esta otra foto de 1918 de la relojería en la Habana:

Cuervo y Sobrinos LH

Una instantánea que detuvo el tiempo